Supongo que la razón por la que la cuestión del armario provoca tanta ‘rabia’ en las personas que nos decantamos del lado de la visibilidad es porque de alguna manera nos sentimos ‘mutilados’ en nuestra afectividad. No olvidemos que una gran parte de nuestro desarrollo afectivo tiene lugar durante la adolescencia, pero a muchos de los homosexuales de mi edad nos quitaron la adolescencia. A mí ‘me sacaron del armario’ a los diecisiete años, y los dos o tres años posteriores fueron de tal oscuridad, de tal silencio, que necesariamente aquellos años tienen que haber afectado a mi afectividad. Soy homosexual, tengo 37 años y estoy casado. Tanto mi familia y amigos como mi entorno laboral y social saben de mi orientación sexual. Por lo tanto podría decirse que estoy fuera del armario y sin embargo, en términos de visibilidad afectiva, aún tengo que luchar para mostrarme tal y como soy. En muchas ocasiones cuando estoy con mi marido en un lugar público y deseo darle un beso, la primera reacción es contenerme y tengo que hacer un esfuerzo consciente por superar esa barrera y darle el beso. Y no acaba aquí la cosa, el armario nos afecta incluso en nuestra relación con los heterosexuales, coartando nuestra afectividad en mayor o menor medida. A menudo me he sorprendido lamentando que tal o cuál amigo hetero es mucho más afectuoso conmigo de lo que yo soy con él, supongo que me retraigo tratando de protegerme de los ataques de homofobia que incluso los heteros más ‘gay-frienly’ tienen de vez en cuando. Hace algunos años me dedicaba a la enseñanza y mis alumnas y alumnos eran adultos. Jamás le di a ningún alumno ni una palmadita en la espalda, era como vivir en un estado continuo de doble personalidad que, aceptémoslo, me degradaba en cuanto a que no me dejaba desarrollar libremente mi personalidad. Esto es así, y todo lo demás son gaitas. Cada vez que soy capaz de darle un beso en público a mi marido es como si descubriera de pronto una pierna o una mano que no he usado durante mucho tiempo, y junto a la alegría por descubrirla va indefectiblemente la rabia por el tiempo que he vivido ignorándola o escondiéndola. Cada vez que un hetero, o lo que es peor, un homosexual, te pide que lleves tu homosexualidad con discreción, en el ámbito ‘de lo privado’, es como si te pidiera que te sentaras en una silla de ruedas o te amputaras un brazo.
Ser ‘discretamente gay’ no es posible sin mentir, o al menos sin agachar la cabeza y no responder cada vez que se produce un brote de homofobia alrededor nuestra. Y esto sucede muchas veces. No sólo los ataques violentos son actos de homofobia. También esa típica tibieza de algunos que no tienen nada en contra de las parejas gay pero sí contra el matrimonio o la adopción. También la libertad que algunos se toman cuando, nada más enterarse de que eres gay, se creen en el derecho de preguntarte por los pelos y señales de tu vida sexual, como si sólo los homosexuales tuviéramos vida sexual (pero ésta es otra cuestión). Esa actitud, si no es homofobia, al menos es desconocimiento y torpeza, y conviene atajarla nada más se produce. Pero claro, si lo haces ya no eres ‘discretamente gay’, te conviertes en un gay ‘molesto’. Conviene además preguntarse, ¿eres indiscreto o te exhibes simplemente por comportarte con arreglo a tu personalidad y tu estilo de vida? Personalmente no considero que un hetero que conduce un monovolumen lleno de niños esté haciendo alarde de nada o esté exhibiendo su heterosexualidad. Simplemente se comporta con arreglo a como es. Un ferviente católico que lleva una medalla con un crucifijo probablemente está haciendo alarde de su fe, pero a mi no me molesta (otra cosa es que el crucifijo esté en una escuela pública), así que ¿por qué debo yo dejar de poner una bandera gay en el balcón de mi casa? Sólo porque los signos más evidentes de heterosexualidad formen parte de la cultura dominante, no significa que no sean signos, susceptibles de ser interpretados y de que se les asigne un determinado contenido social e ideológico. Sólo porque los signos de mi estilo de vida homosexual no formen parte de la cultura dominante no significa que al mostrarlos haga alarde de nada o desafíe a nadie. Aquellos a quienes molestan dichos signos de mi homosexualidad, ya sea un beso, un determinado atuendo o una determinada palabra, son los que tienen un problema de aceptación de la realidad, y francamente, yo no estoy dispuesto a ‘mutilar’ ni la más mínima parte de mi ser para que ellos puedan dormir tranquilos en un mundo como Dios manda. Ahora bien, y volviendo al principio del artículo, tampoco voy a discutir con estas personas, ni voy a entrar al trapo de las majaderías que puedan decirme. A pesar de sus muchas carencias, la sociedad en la que vivimos tiene muchas maneras de expresarse y de luchar. Podemos tener un blog, podemos asociarnos, podemos integrarnos en un partido político, elaborar propuestas y presentarlas a las distintas autoridades para que las aprueben o no. Pero por favor, no gastemos nuestras energías en discusiones estériles con personas que no están dispuestas a escuchar. Sería un flaco favor a nuestra lucha, a aquellos por los que luchamos, a los que son, a los que fueron, a los que están por venir.
Raúl Madrid
Esta carta se publicó en dosmanzanas el 29 de noviembre de 2008. Si quieres, puedes leer aquí los comentarios que dejaron los lectores en el post original.







